WATER
El ciclo hidrológico como eje estratégico de la planificación urbana: De la evacuación rápida a la gestión integral del agua
28 DE OCTUBRE 2026
Nora Carolina Romero Sierra
Ingeniera Civil, MSc. en Hidrología y Gestión de los Recursos Hídricos | Linkedin
Las ciudades han sido históricamente concebidas como espacios destinados a protegernos de la naturaleza y controlar sus efectos. En ese proceso, el agua pasó de ser un elemento que estructuraba el territorio a convertirse en un flujo que debía canalizarse, drenarse y evacuarse con la mayor rapidez posible. Este modelo permitió el crecimiento de numerosos núcleos urbanos. Sin embargo, esta visión muestra sus límites en un contexto marcado por el cambio climático, una mayor exposición a inundaciones, sequías y otros fenómenos extremos.

“La ciudad necesita diseñarse en diálogo con el agua, reconociendo el ciclo hidrológico como un elemento moldeador de su estructura.”

De acuerdo con la revisión de 2025 de World Urbanization Prospects el 57,8 % de la población mundial vivía en áreas urbanas en 2025 y esta proporción podría alcanzar el 67,3 % en 2050. Este crecimiento también incrementará la presión sobre ciudades consolidadas cuyas redes de abastecimiento, saneamiento y drenaje fueron concebidas para otras condiciones demográficas y climáticas. En este sentido, la UNESCO señala que la demanda mundial de agua dulce ha crecido a un ritmo de poco menos del 1 % anual desde la década de 1980 y estima que la población urbana expuesta a escasez de agua podría pasar de unos 933 millones de personas en 2016 a entre 1.700 y 2.400 millones en 2050. Asimismo, el IPCC advierte que los riesgos climáticos para las ciudades y sus infraestructuras aumentarán a medida que avance el calentamiento global.
En condiciones naturales, una parte de la lluvia es interceptada por la vegetación, otra se infiltra en el suelo y contribuye a la recarga de los acuíferos, mientras que el excedente alcanza gradualmente los cauces. La urbanización modifica este funcionamiento, puesto que, las superficies impermeables reducen la infiltración, aumentan la escorrentía y aceleran su llegada a las redes de drenaje. En las ciudades costeras, esta alteración se combina con la influencia del mar, en ellas las precipitaciones intensas pueden coincidir con mareas altas o temporales y dificultar el desagüe, mientras que la subida del nivel del mar puede favorecer la intrusión salina en los acuíferos y las inundaciones. Surge así una paradoja cada vez más visible, una misma ciudad puede sufrir inundaciones durante los periodos de lluvia intensa y afrontar poco después dificultades para garantizar la disponibilidad de agua.
Durante décadas, la respuesta principal consistió en ampliar la capacidad de las infraestructuras hidráulicas mediante colectores, canales y obras destinadas a transportar el agua con mayor rapidez. Estas actuaciones continuarán siendo necesarias, pero resultan insuficientes por sí solas ante escenarios climáticos más inciertos. La adaptación requiere actuar también sobre el territorio, la demanda, la calidad del agua y la exposición al riesgo.

El diseño urbano sensible al agua (Water Sensitive Urban Design, WSUD), surgido en Australia durante la década de 1990 y vinculado posteriormente al paradigma de las Water Sensitive Cities, propone gestionar conjuntamente la lluvia, el abastecimiento, las aguas residuales, los cauces, los acuíferos, el litoral y los ecosistemas, reconociendo que toda ciudad forma parte de una cuenca. Desde esta perspectiva, soluciones como los pavimentos permeables, los jardines de lluvia, las cubiertas vegetales, los humedales urbanos, los parques inundables o la recuperación de cauces pueden articularse mediante sistemas urbanos de drenaje sostenible y redes de infraestructura azul-verde. Además de regular la escorrentía, estas soluciones pueden favorecer la biodiversidad, mitigar el efecto isla de calor y crear espacios públicos más habitables.
El objetivo consiste en aproximarse en la medida de lo posible, al comportamiento hidrológico previo a la urbanización. Una parte del agua podrá reutilizarse, otra infiltrarse y otra deberá continuar su recorrido hacia ríos, humedales y ecosistemas que también dependen de ella. Esta visión debe complementarse con la reducción de pérdidas de agua en red, consumos, la regeneración de aguas residuales y la asignación a cada uso de una calidad de agua adecuada. El cambio tampoco depende exclusivamente de incorporar nuevas infraestructuras, el agua debe participar desde el inicio en las decisiones sobre dónde construir, qué densidades adoptar y cómo ocupar el suelo. La topografía, los cauces naturales, las zonas inundables, la vegetación y la capacidad de infiltración deberían influir en la propia forma de la ciudad.
Esta relación también posee una dimensión cultural e histórica, como se aborda en el estudio realizado por la Delft University of Technology sobre la ciudad de Kozhikode en India, que muestra cómo estanques, humedales y canales pueden reunir funciones hidráulicas, ecológicas y comunitarias vinculadas a la identidad del lugar. Diseñar ciudades sensibles al agua implica comprender cómo circula el recurso por el territorio y cómo sus habitantes han aprendido históricamente a convivir con él. Desde esta perspectiva, marcos como el City Water Resilience Framework indican que la resiliencia exige combinar infraestructura y ecosistemas con planificación, financiación, liderazgo y bienestar social.
Algunas experiencias muestran cómo llevar estos enfoques a la práctica, en Rotterdam, la plaza de Benthemplein funciona habitualmente como espacio recreativo y puede almacenar cerca de 1,8 millones de litros durante las lluvias intensas, el proyecto se integra hoy en el programa municipal Rotterdams WeerWoord, cuyo objetivo es integrar la adaptación climática en la actuación urbana antes de 2030 y lograr que Rotterdam esté plenamente adaptada en 2050. En Wuhan, la recuperación del corredor ecológico del río Yangtsé combina protección frente a inundaciones, restauración de humedales, mejora ambiental y recuperación de las riberas para la ciudadanía. En Alicante, la creación del Parque Urbano Inundable “La Marjal” no solo resuelve problemas de inundaciones gracias a su capacidad de retención de hasta 45.000 m³ de agua durante episodios de lluvias intensas, sino que ofrece un espacio de esparcimiento para la ciudadanía y fomento de la biodiversidad.

Estos ejemplos no son recetas universales, porque la resiliencia depende de la geografía, las instituciones, los recursos y la cultura de cada lugar. Sin embargo, muestran que la adaptación puede actuar sobre la ciudad existente, reinterpretando sus espacios para que recuperen funciones hidráulicas, ecológicas y sociales. Sus aprendizajes también ofrecen lineamientos para que los futuros desarrollos integren el ciclo del agua desde las primeras decisiones de planeamiento, en lugar de tratarlo como una variable que debe resolverse al final del proyecto.
Regenerar la ciudad y planificar de otra manera su crecimiento son dos vertientes de una misma transformación. Tal vez la pregunta que debería acompañar cada nuevo desarrollo y cada intervención en las áreas urbanas consolidadas sea ¿cuánto espacio estamos dispuestos a devolver al agua para garantizar la seguridad y habitabilidad de nuestras ciudades?